viernes, 8 de enero de 2010

Notas de V. Ana de Jesús


Cuando ya tenía los siete años, era sorda y muda. Entonces comenzó a hablar. A esta misma edad recibió el sacramento de la confirmación. Quería cambiar su nombre por el de Francisca, pero su madre no lo consintió. A los nueve años quedó huérfana también de madre. Ella y su hermano fueron recogidos por la abuela materna. A los quince quiso marchar a Plasencia a casa de su abuela paterna y su hermano la ayudo.


En 1562 se hizo beata de la Compañía de Jesús. Dice Manrique que halló entre los papeles de fray Basilio Ponce de León un relato de cómo Ana salvo a Plasencia de la inminente destrucción. Alcanzó del Obispo que se aplazase una fiesta de cañas y toros. Aquella misma tarde se descubrió que estaban las casas minadas. Añade Manrique que, en caso de ser canonizada, sería una buena Patrona para Plasencia.


En busca de su vocación Ana acudía a la Virgen del Puerto. Tomó el hábito de Carmelita descalza en Ávila y profesó en San José de Salamanca a 22 de octubre de mil quinientos setenta y uno, traída allí por Santa Teresa.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Los imperativos de la obediencia


La narración se abre con una brevísima introducción a manera de prologuillo (352) y se formula como epístola que escribe la madre Ana, fundadora y emisora del relato, a Jerónimo Gracián, provincial y receptor, al que se dirige con el tratamiento lógico de Vuestra Paternidad que repetirá con frecuencia. Escribe Ana porque la manda la obediencia, como hemos dicho, y, superponiendo a ese tópico tradicional, que aquí responde a un hecho cierto, el no menos repetido y doble de la humilitatis y de la captatio benevolentiae del lector, se disculpa, a la mejor manera teresiana, de las limitaciones que, en la exposición de los hechos, puede reservarle la memoria Mándame V.P. escriua la fundación de esta casa de Granada.


Como tengo tanta flaqueza de cabeca, estoy tan sin memoria que no se si se me ha de acordar: diré lo que me acordare. (352-353) La praeparatio inicial del relato, fechado en el convento de Beas en "el mes de Octubre de ochenta y cinco" (353) se remonta a los hechos acaecidos en otro octubre de 1582 y se configura con el encadenamiento de una serie de determinantes, lugares comunes en la crónica fundacional teresiana, que conducirán a Ana a aceptar la empresa. Los incentivos que se perfilan como positivos quedarán contrastados, en lucha interna a librar en la conciencia de la futura fundadora y priora, con factores negativos que su perspicacia profética adivina como probables.



Entre los primeros, la consabida invitación del superior —en este caso el padre visitador fray Diego de la Trinidad— por la que se salvaguarda ella de iniciativa alguna en el proyecto; seguida del requerimiento de "muchas personas graues y doncellas principales y ricas [que] lo pedían, ofreciéndole grandes limosnas" (353), punto económico de peso en las vicisitudes de una fundación que ha de realizarse y regirse en pobreza.


Entre los que la frenan, la sospecha cierta, como en la realidad y en el relato de tantas fundaciones teresianas, de la dificultad de la obtención de la licencia del arzobispo; más la irrupción de la verdad histórica justificativa: la superabundancia de conventos de pobreza en la ciudad, con el consiguiente recelo de las distintas órdenes religiosas ante una nueva fundación.
A mi me pareció (...) y ansi le dixe (...) que no habría nada de lo que dezian, ni el Arcobispo de alli daria licencia, para fundar monesterio pobre, donde tantos auia de monjas, que no se podían sustentar. (353)

sábado, 28 de noviembre de 2009

Mancera,..


A mediados de noviembre de 1570, Ana de Jesús, novicia todavía, en compañía de otras dos hermanas: Juana de Jesús y María de San Francisco, pasa por Mancera camino de Salamanca, donde habrá de permanecer por espacio de cinco años. Se trata, como se ha dicho, del primer encuentro entre San Juan y Ana y que éste describirá con detalle en 1597 en su declaración para la canonización de Santa Teresa, con miras puestas, lógicamente, en resaltar el magisterio de la fundadora sobre el segundo descalzo de la reforma:

(...) porque el mismo año que recibí el hábito ern Ávila, antes que profesase, me trajo nuestra Madre a las fundaciones de esta nuestra casa de Salamanca, y en Mancera, que está en el camino, estuvimos las que veníamos en el convento de los frailes descalzos, y nos mostraron y dijeron lo que nuestra madre Teresa de Jesús y su compañera Antonia del Espíritu Santo les había trazado y enseñado a componer en la fundación de aquel convento, en el cual estaban entonces los primeros descalzos que había habido, que era por prior el padre fray Antonio de Jesús, y por subprior el padre fray Juan de la Cruz, los cuales habían recibido todo el orden y modo de proceder que tenían de nuestra Santa Madre, y ella nos contaba con gran gusto las menudencias que ellos le preguntaban, y del aire que cinco años, poco menos, después que hizo la primera casa de monjas se los había Dios traído estos padres, y ellos en particular me dijeron a mí misma muchas cosas de las que en esto pasaban (I, 463-464).


fuente: por: María Pilar Manero Sorolla

domingo, 22 de noviembre de 2009

Ana de Jesús: el escrito y la escritora


.../No fue Ana de Jesús escritora de grandísima vocación en un mundo, el teresiano, familiarizado con la literatura y en un círculo formado por eminentes escritores: santa Teresa, san Juan de la Cruz, Jerónimo Gracián, María de san José... y al que, por derecho propio ella perteneció.


Es fama que, cuando le pedían que escribiese, solía responder, saliendo al paso con humor: "Escrita me vea yo en el libro de la vida que otros escritos no los apetezco" (Manrique 1632: lib. V, 356).


Así, contrariamente a la tradición de la Descalcez femenina marcada en su expresión literaria por el genial ejemplo de Teresa de Ávila, Ana de Jesús no escribió "la vida" que redactaron tantas monjas, infinitamente menos cultas y peor dotadas que ella en el manejo de la pluma, sabiduría doctrinal y experiencias místicas, y cuando los maestros salmantinos Agustín Antolínez, Alonso Curiel, Antonio Pérez, Diego del Corral, que intuían su rara riqueza interior y admiraban su inteligencia y buen conocimiento de las Sagradas Escrituras, la invitaban a escribir sus memorias "para mayor gloria de Dios" (Manrique 1632: lib. V, 357), ella, declinando la proposición, contestaba siempre: "Harto buena estuviera la gloria de Dios, si llegara a necesitar de esas memorias" (Manrique, id.).


fuente: María Pilar Mañero

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Carta de Santa Teresa a Ana de Jesús


Ana de Jesús recibe, en carta de 30 de mayo de 1582, palabras fuertes de Teresa, que quiere a sus descalzas libres, sencillas y sin pretensiones de un poder puesto al servicio de intereses propios:

"Yo lo he encomendado a nuestro Señor estos días (que no quise responder de presto a las cartas), y hallo que en esto se servirá Su Majestad, y mientras más lo sintieren, más; porque va muy fuera del espíritu de descalzas ningún género de asimiento, aunque sea con superiora, ni medrarán en espíritu jamás. Libres quiere Dios a sus esposas, asidas a sólo El, y no quiero que comience esa casa a ir como ha sido en Beas; que nunca me olvido de una carta que me escribieron de allí, cuando vuestra reverencia dejó el oficio, que no la escribiera una monja calzada…


… ¿Qué cosa es, madre mía, que se mire en si la pone el padre provincial presidente, o priora, o Ana de Jesús? Bien se entiende que, si no estuviera por mayor, no tenía para qué la nombrar más que a las demás, porque también han sido prioras. A él le han dado tan poca cuenta que ni sepa si eligieron o si no. Por cierto que me he afrentado que a cabo de rato miren ahora las descalzas en esas bajezas, y, ya que miren, lo pongan en plática, y la Madre María de Cristo haga tanto caso de ello; o con la pena se han tornado bobas, o pone el demonio infernales principios en esta Orden. Y tras esto loa a vuestra reverencia de muy valerosa, como si eso le quitara el valor. Désele Dios de muy humildes y obedientes y rendidas a mis descalzas, que todos esotros valores son principios de hartas imperfecciones sin estas virtudes.
fuente:

martes, 3 de noviembre de 2009

ANA DE JESÚS, PROFETA DE AYER Y HOY



En Camino de perfección con Santa Teresa

Ana tiene 24 años. Es el 31 de Julio de 1570. Santa Teresa está en la fundación de Toledo, por lo tanto es recibida en el convento de San José de Ávila por la Madre María de San Jerónimo. Viste el hábito al día siguiente 1 de agosto y toma el nombre de “Ana de Jesús”.

Ya nunca más será “Doña”, esto en nuestra época puede parecer una tontería, pero hay que tener en cuenta que entonces muchos se arruinaban para poder “comprar” el mínimo título que le avalase como “cristiano viejo”. Ella quería ser “Ana de San Pedro” pero fue la misma Santa Teresa la que dio orden desde Toledo del nombre con el que será conocida internacionalmente esta intrépida carmelita. Nada más llegar, Ana sorprende a las monjas por su observancia, docilidad, sencillez y rendida obediencia, manifestando un cariño especial por las enfermas. Poco después regresa la Santa y se conocen personalmente.

Ana de Jesús se encuentra entonces no sólo con las Constituciones de la Santa, sino con el “camino de perfección”, libro de formación en los Carmelos. Puesto que el estilo de la Santa al escribir los libros es dialogal, podemos hacernos una idea de cómo fue formada la novicia Ana: la llaneza y falta de “ceremonias” con las que hablaban entre ellas, haciéndose preguntas, poniendo “peros”. También es muy probable que lea el libro de la Vida, pues la misma Santa lo recomienda al final de la 1ª redacción de “Camino”; aunque si no lo lee, seguro que les explicará la doctrina en él expuesto. Pero, por supuesto, su mayor fortuna es poder compartir con el “libro vivo” que es Santa Teresa, que les habla de su experiencia de Dios y que impulsa un modo de vida religiosa innovador, donde se compagina oración, soledad, comunión, amistad, trabajo...

Así Ana aprende que la oración es un don y un compromiso del orante, aprende el humanismo de Santa Teresa por el que luchará tras la muerte de la Santa hasta ser perseguida. En esta “escuela de vida”, “colegio de Cristo”, no mandan tanto las “normas” y las “asperezas” como una opción eclesial (sobre todo desde que en 1566 un predicador franciscano les abrió los horizontes a “las Indias”). Es fácil de imaginar el impacto que a la joven Ana le daría una comunidad sin diferencias sociales (ella que tanto había tenido que luchar por sus “resabios de hidalguía” en que había sido educada como mujer de familia noble venida a menos) y también impresiona que hiciese opción por una vida en la que todas eran iguales, en la que ella no tendría privilegios por ser de familia de “cristianos viejos”, en la que “todas han de ser amigas, todas se han de querer, todas se han de ayudar”. En estos monasterios lo importante no es la dote que aporta la que llega, sino la calidad de la persona, si es capaz de conocerse a sí misma, de vivir en comunidad, de orar y trabajar.

Descubre a un Dios que busca a la persona, que quiere su compañía, que no pide más que una mirada, una exigencia fruto del amor y de la gratuidad de Dios. Y aprende que la verdadera ascesis es una opción, “determinada determinación” por una Persona, que relativiza todo lo demás y que empuja al servicio; y la mortificación es una lucha contra la autosuficiencia por medio de la humildad, el desasimiento y el amor fraterno. Se encuentra una Santa muy humana: afable, alegre, sencilla y con un gran amor a la verdad. Todo esto lo integra intensamente en su persona. Vive entre personas vocacionadas, entusiasmadas por este nuevo camino que asimilan, comprometidas a fondo, que se ayudan a vivir esta vocación entre ellas. Son un grupito de mujeres orantes (todo un escándalo para la época), que se forman, que contrastan entre ellas...

El nivel de comprensión y asimilación del carisma de la Santa por parte de Ana debió de ser rápido y profundo, como los hechos van a ir demostrando. Enseguida se gana la confianza de Santa Teresa y, poco a poco, Ana irá desarrollando capacidades para las que está muy dotada y que su santa fundadora había captado en ella. De hecho, Ana también está especialmente dotada para la relación interpersonal, para los “negocios” y para la una relación con Dios profunda e intensa y es una mujer de extraordinarias cualidades sociales y religiosas.

Así la Santa sale de Ávila para la fundación de Salamanca (1 de noviembre de 1570) y desde allí designa a Ana de Jesús entre otras para que vayan. De camino, las novicias de Ávila pasan por Mancera, donde conocen a S. Juan de la Cruz y al P. Antonio de Jesús. Allí las monjas “sonsacan” a sus hermanos noticias y anécdotas sobre la Santa y los comienzos de ellos, pero desgraciadamente, no se sabe qué les contaron. Poco pudieron imaginarse entonces el nivel de amistad y de relación espiritual que tendrían San Juan de la Cruz y la joven novicia unos años más tarde. Pero sí le queda claro a la joven Ana, y así lo testifica años después, que la Santa fundó tanto a los frailes como a las monjas, que ambos son de la misma familia, hijos de la misma madre.

Esto no es algo superficial, pues este convencimiento es el que le impulsó a vivir en Andalucía una relación especial con ellos, de profundo compartir espiritual y también el que le lleva a luchar en Madrid, Francia y Flandes, por conservar esta herencia ante otros que querían imponer un rigorismo nada teresiano.

En la Pascua de 1571 en la recreación canta la joven Isabel de Jesús (Jimena) el famoso “Véante mis ojos/dulce Jesús bueno...” y ocurre uno de los más célebres éxtasis de Santa Teresa. Es Ana de Jesús quien la cuida. Cuando la Santa parte a Medina a arreglar unos asuntos deja por encargada de las novicias a la connovicia Ana de Jesús y recomienda a la priora (Ana de la Encarnación) consulte con ella los negocios del convento. Ciertamente Santa Teresa debió percibir la valía de esta mujer para encomendarle algo tan importante como la formación de las nuevas vocaciones cuando la misma Ana todavía no había realizado su profesión, y esto también nos sitúa en hasta qué punto Ana había interiorizado y asimilado el estilo teresiano.

Por frecuentes hemorragias en la boca, Ana ha de retrasar su profesión casi tres meses. Finalmente profesa el 22 de octubre de 1571. Entonces se repetía la formula de profesión hasta tres veces, Ana al ir a decirla por tercera vez queda arrobada. Por eso se mandó que la profesión no se emitiese públicamente sino en privado, en el Capítulo.
Tras su profesión, Ana continúa su labor de formar las novicias y en 1572 es nombrada sacristana y enfermera por orden de la Santa, para distraerla de su ensimismamiento interior. La Santa la hace compañera de celda (pues no había celdas suficientes), le participa sus secretos místicos, sus negocios, sus fundaciones, sus libros. Y así Ana es testigo del mandato por medio del P. Jerónimo de Ripalda y del comienzo de los primeros 9 capítulos de las Fundaciones.

La M. Ana declarará en el proceso respecto a esta relación entre ella y la Madre Teresa:
“ Conmigo, aunque indigna, se sabe la tenía muy estrecha y, de veinte años que vivió en estas casas de descalzas, la alcancé los once o más..., y de estos once o más años que digo la alcancé, algunos tiempos estuvimos juntas en algunos conventos durmiendo en una misma celda, y muchos días caminamos juntas, y hasta la última semana que vivió no cesó de escribirme, que lo hacía muy a menudo, y así pude saber mucho más de lo que he dicho ni se me acordará para decir de sus virtudes, que fueron infinitas”. Y también: “A la M. Teresa de Jesús traté con tanta familiaridad, que de vista y por escrito, de su propia letra, supe casi todas sus cosas, las cuales están declaradas en sus libros, que a ellos me remito en lo general”.

Es también en Salamanca donde se produce la simpática anécdota de la lluvia, en la cual ante el impertinente aguacero que impide la fiesta del traslado del Santísimo a la nueva fundación, Ana de Jesús entra a donde estaba la Santa y le dice “con determinación” que ruegue a Dios que deje de llover. La Santa muestra disgusto y le responde que lo pida ella. Pero deja de llover y entonces Ana le dice “Antes pudiera V.R. haber pedido esto a Dios; Váyanse todos, y déjennos aderezar la iglesia.- y añade - Y ella se fue riendo y se encerró en su celda”.Sus relaciones con Santa Teresa fueron privilegiadas. En una carta de la que hace cita Manrique dice que la Santa le escribió:
“ Hija mía y corona mía, no me harto de dar gracias a Dios por la merced que me hizo en traerme a vuestra reverencia a la religión” (Cta. 468). Aunque la autenticidad de la carta está más que puesta en duda, no tanto que esto haya sido así.El 24 de febrero de 1575 se erige el convento de Beas, primera fundación en tierras andaluzas. Santa Teresa no lo duda y elige como co-fundadora y priora a Ana de Jesús. Es de notar que entre las fundadoras también está María de San José. Por entonces llega noticia de que el libro de la Vida está en la Inquisición y la Santa se desahoga y consulta con Ana de Jesús. Al poco visita a Beas el P. Jerónimo Gracián y es allí donde se conocen personalmente este joven fraile y la Santa y donde ambos quedan prendados comenzando una profunda relación de amistad que duraría hasta la muerte de la Madre Teresa.
El 18 de mayo parte la Santa para la fundación de Sevilla, Ana y Teresa ya no se verán más. Le deja en recuerdo a Ana de Jesús su capa. Se escribirán mucho, pero por desgracia la M. Ana destruirá todas las cartas por indicación de la Santa en un momento turbulento, como ella misma recuerda con dolor. Bueno, todas menos una. Curiosamente no destruye la famosa “carta terrible”, que la Santa le escribe tras fundar en Granada por haber devuelto dos ancianas legas fundadoras a su convento y haber elegido “a su gusto” y sin tener en cuenta la obediencia. Aquí chocaron los criterios de dos fuertes caracteres: el de Teresa y el de Ana.

No se sabe si Ana cambió de opinión tras esta carta, pero sí cuestiona porqué la guardó.
Quizás fue porque ciertamente vio que se excedió y la quiso conservar como recuerdo y aviso para otras ocasiones. O bien pudo seguir creyendo que obró adecuadamente pues, desde el terreno podía discernir ella mejor que su fundadora. Aún así, es curioso que conservase la carta, ella que no guardó las que eran testimonio de la amistad y confianza que la Santa le tenía (de lo que se enorgullecía). Otro dato es que Juan de la Cruz conoció la carta (la misma Teresa así lo pidió) y no por ello perdió la Madre Ana un punto de valor para él.

martes, 6 de octubre de 2009

"ANA DE JESÚS, Profeta de ayer y de hoy"


En pleno siglo XVI Santa Teresa supo rodearse de hombres y mujeres de gran altura humana y espiritual. Una de esas mujeres fue Ana de Lobera, conocida también por Ana de Jesús. Una mujer que buscó su lugar en la Iglesia y lo encontró en el carisma de Teresa de Jesús; que lo vivió a fondo y luchó por él en momentos de persecución e incomprensión.


Ella es también una profeta que defendió el don que el Espíritu había dado a la Iglesia con el carisma teresiano-sanjuanista ante quienes querían manipularlo o deformarlo. ¿Qué puede decir esta mujer del siglo XVI a los carmelitas de hoy? Como a todos los profetas, para entenderle mejor hay que conocer su situación histórica, por qué ideales luchó, movida por qué criterios, para que nos dé luz a los que hoy buscamos una fidelidad creativa discerniendo los signos de los tiempos.



La vida de Ana de Jesús se abre en Medina del Campo el 25 de noviembre de 1545, ese mismo día es bautizada con el nombre de Ana de Lobera y Torres, aunque no se conoce el acta de bautismo. Es hija de Don Diego de Lobera y doña Francisca de Torres. Sus padres son conocidos entre la nobleza española, pero tienen escasas rentas. Tiene un hermano mayor: Cristóbal de Lobera, que más tarde será jesuita. A los pocos meses de nacer la pequeña Ana, muere su padre.
Quedó “sordomuda” hasta los 7 años (quizás por el trauma de la muerte de su padre, no se puede saber). Para sorpresa de todos, de pronto rompe a hablar y, enseguida, aprendió a leer y escribir con rapidez, demostrando una vivaz inteligencia. Ese mismo año recibe la primera comunión.


Al cumplir los nueve años muere su madre y los dos hermanos quedan bajo la tutela de su abuela materna. La niña Ana tiene el mismo impulso que Santa Teresa y acude a una imagen de la Virgen María y le ruega que en adelante sea su Madre. Desde su infancia tenía gran devoción a la Virgen a la que rezaba el Oficio parvo. También por entonces tomó la costumbre de rezar un Avemaría de rodillas cuantas veces se despertase por la noche.


A los diez años hace voto de castidad pero su abuela, que quería que se casase, invalida la promesa como tutora; sin embargo, la niña siguió firme en su propósito y dijo que si no era posible por sus pocos años, lo renovaría todos los días hasta que tuviese la edad para hacerlo perpetuo. Vemos ya aquí el germen de su tenacidad insobornable de la que más adelante hablaremos.


1560, Ana tiene 15 años. La joven Ana tiene aventajado ingenio, bondadosa austeridad de carácter, apacible condición, discreta y extraordinaria hermosura. Ana es una joven libre, no quiere someterse a un obligado matrimonio, por muy ventajoso que se lo pinten. La abuela debía de insistir tanto que finalmente, para evitar los pretendientes, se va junto con su hermano a vivir a Plasencia con la abuela paterna. Pero su otra abuela también quiere casarla y le rodean (de nuevo) los pretendientes. Ana ya no tiene “escapatoria”, ni a donde ir.


Pero toda su vida demostrará saber salir airosa de situaciones límite, y esta energía ya la tenía entonces Ana de Lobera. No queda más remedio que hacer algo público que deje bien claro su opción. A finales de año es la fiesta de primera misa de un joven sacerdote de la familia en Plasencia. Ana se cree con derecho de decidir por sí misma su futuro en la vida, pero ya debe de temer que su abuela acabe comprometiéndola sin su consentimiento así que aprovecha la ocasión para presentarse vestida de penitente y no tener que volver a discutir su futuro religioso con la familia.


En 1561 hace voto de entrar en la religión más estrecha y promesa de no darse gusto en nada.
Sin embargo, no se precipita. Vive en Plasencia 10 años (1560-70). Durante este tiempo ella vivió en intensa oración y penitencia. Empleaba las tardes en los hospitales cuidando a las mujeres enfermas y daba a los pobres cuantas limosnas podía. Si le quedaba algún rato hacía encajes y ropas de iglesia.


Doña Ana no vive su inquietud religiosa a solas, convivía con un grupo de jóvenes de la familia, todos con ansias de consagrarse a Dios; su hermano, que entró jesuita en 1560 y dos primas: María de Lobera que entró en Salamanca como Carmelita Descalza (1572) y María de Cabreras en las Clarisas de Plasencia influenciada también por el buen ejemplo de su prima. Así se inicia en algo tan teresiano como unir amistad con vocación y tener un grupo de contraste.


Ana de Lobera se pone bajo la dirección de Pedro Rodríguez, fundador del reciente colegio de la Compañía en Plasencia. La Compañía de Jesús era la corriente más nueva e innovadora en la Iglesia y en España. El P. Pedro es un hombre adornado de letras y virtudes (“espiritual y letrado”, que diría la Santa). Ana se hace “beata de la compañía” (1562) y bajo esta dirección va adelantando en la práctica de las virtudes, fervor y perfección.


Como Ana tenía “resabios de hidalguía”, su director le mandaba cosas que le fuesen limando esto, y le mandó obedecer en todo a su prima María (también dirigida de él) para poder trabajar este aspecto. Cada vez tiene más claro que desea ser monja, pero no se hace religiosa por no encontrar un convento a su propósito, evidentemente no por falta de monasterios, sino por falta de identificación vocacional con las opciones que había.


Pero en 1569 el P. Pedro es destinado a Toledo y allí conoce las fundaciones que por entonces andaba realizando la madre Teresa de Jesús y al año siguiente avisa a su dirigida contándole un resumen de la regla y Constituciones. Doña Ana responde que lo trate él con la Madre Teresa, para que le indique el lugar donde quiere que ingrese.


La Santa la admite, le manda curarse de la enfermedad que tenía (fiebre cuartana o malaria) y que se venga a la fundación que quiera, aunque le recomienda Ávila por ser ella allí priora. Quedaba el impedimento de sus dos abuelas, que se oponen a la vocación de Ana, pero ambas mueren en breve (en marzo y mayo).


En el camino hacia el convento en julio de 1570 pasa por la ermita de Nuestra Señora del Puerto, distante una legua de Plasencia, a la que tenían gran devoción los antepasados de la familia Lobera, adonde ella había ido muchas veces descalza y rezando el rosario. Bajó de la cabalgadura a despedirse por última vez de la Santísima Virgen y pedirle su bendición con hartas lágrimas. Y aquí se cierra una parte de la vida de Doña Ana para comenzar otra: la de Carmelita Descalza.


Por Mª del Puerto de Jesús, ocd
Publicado en Revista de Espiritualidad